Qué ver en Calatayud: la Semana Santa bilbilitana y su paso de la Última Cena

Buenos días amigos de «La Sobresaliente». La entrada de esta semana no puede ser más oportuna, ya que se acercan unas de las fechas en las que Calatayud se viste con sus colores más solemnes. Nos acercamos a la Semana Santa, que en nuestra ciudad cobra tintes de verdadera obra de arte.

Cofradías, «peanas» o «pasos», incienso, tambores, silencio, devoción y tradición. Si a esto unimos una gastronomía netamente bilbilitana: las famosas torrijas, la limonada o los «ibéricos» de casa Micheto, el resultado es inolvidable.Paso Semana Santa Calatayud Última cena

Si hay una de las procesiones de las muchas que adornan nuestra ciudad durante estos días, que destaca por ser un dechado de tradición y de historia, esa es la procesión del Santo Entierro el imponente día de Viernes Santo. En Calatayud conservamos además la ceremonia del entierro de Cristo, un auto sacramental cuyo origen se remonta muchos siglos atrás. La plaza de España resulta un marco incomparable para esta representación callada y sencilla pero cargada de simbolismo.

Hoy «La Sobresaliente», quiere fijar su atención en uno de esas sencillas peanas de las que recorre ese Viernes especial las calles de esta antigua Bílbilis, el paso de La última Cena.

La representación de la última Cena que Cristo comparte con sus discípulos, suele ser común a la mayoría de las procesiones de estos días de Semana Santa, pero quizá la de Calatayud posea el encanto especial que le da el arte popular, la historia y la leyenda.

Nos tendremos que remontar a 1847, en aquel año un sacerdote, mosén Mariano Bravo, consigue en Zaragoza unas extraordinarias (por su tamaño), cabezas de apóstoles que parece ser estaban destinadas a conformar un retablo destinado a la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Las miradas de los santos parecen desde luego perdidas en la inmensidad del cielo.

Los 600 reales de su precio fueron pagadas gustosamente por la tercera orden franciscana y por varias familias piadosas.

Imaginemos pues aquel Viernes Santo de 1847. La procesión saliendo a las cuatro de la tarde desde el antiguo convento de San Francisco, recorriendo nuestras antiguas plazas de San Antón (hoy Costa), Bodeguilla, plaza del Mercado, calle de Gotor, arco de San Andrés (sí, existía un arco en la embocadura de la plaza de San Andrés), calle de la Rúa, Trinidad (hoy Marcial y Bardagí) y vuelta a su origen. Qué diferente al que se hace hoy en día ¿verdad?.

No sé si saben los bilbilitanos que corre una leyenda referente a este paso, y es que el sacerdote en cuestión, en un alarde de practicismo, habría mandado traer cada una de las cabezas de los apóstoles ,sentada en un asiento de tren, desde la capital maña. A Jesucristo, desde luego por reverencia, el buen cura le había pagado un billete para que fuera en primera clase. La verdad es que esta simpática anécdota no tiene mucha base histórica porque el ferrocarril Madrid-Zaragoza, no llegará a Calatayud hasta 1863.

Lo que sí es cierto es que el tamaño de las testas de los santos discípulos de la última cena es tan espectacular que ha dado lugar a una expresión muy común entre los bilbilitanos, aquello de «Cabeza apóstol» para referirnos a aquel paisano con un gran volumen «cerebral».

Desde el punto de vista artístico muchos autores defienden que las tallas son del escultor bilbilitano José Alegre. De su factura son el cáliz, las copas y el cordero que lo adornan, como también lo fue su primera restauración. El «corderico», desde luego, llama la atención. Una palangana y una toalla completan la escena destinadas al posterior lavatorio de pies.

El último personaje añadido fue el criado, obra de Mariano Ballesteros. Se realizó en 1848.

Las ruedas se añadieron en el año 1939. El peso de la estructura debía ser, antes de aquella fecha, de gran exageración.

Sé, por personas cercanas, que estos pobres santos son de los más difíciles de «vestir» de todos los que conforman esta castiza procesión.

Mariano Rubio Vergara en su obra sobre la Semana Santa bilbilitana critica con dureza la poca delicadeza en la factura de la obra que él llama «el Cenáculo», pero creo que estarán conmigo, que lo que le confiere autenticidad a nuestras procesiones son precisamente estos pequeños detalles nacidos, muchas veces, de la piedad popular.

Estoy seguro que cuando el Santo Entierro, recorra nuestra ciudad, recordarán esa graciosa leyenda que envuelve esta peana de la Última Cena ¿verdad?. El futuro museo de la Semana Santa de Calatayud pronto expondrá ésta y otras pequeñas joyas de nuestro patrimonio. Desde aquí invito a bilbilitanos y visitantes a que participen en la procesión del Santo Entierro portando alguno de los trajes de personajes que muy gustosamente les ofrecerá, la junta de Semana Santa, en la iglesia de San Juan el Real. Es una experiencia única que recordará toda su vida.

La Semana Santa de Calatayud está declarada de interés turístico regional.

 

Bibliografía

 

  • AREVALO BARRA, Pepe. Semana Santa en Calatayud. Calatayud?: s.e, 1995.
  • RUBIO VERGARA, Mariano. Semana Santa bilbilitana: Pasión – Ramos, Procesión del Santo Entierro. Ed. Facsímil. Calatayud: Centro de estudios bilbilitanos, 1995.
  • GALINDO ANTÓN, José. Crónica bilbilitana del siglo XIX. Calatayud: Centro de estudios bilbilitanos, 2005.

5 comentarios en “Qué ver en Calatayud: la Semana Santa bilbilitana y su paso de la Última Cena”

  1. Cada vez que entro en este blog siempre hay algo que me sorprende. En este caso es la historia y la leyenda sobre el paso de Semana Santa del santo Entierro. Gracias Carlos por tu trabajo y por compartirlo.

    1. Carlos de la Fuente

      Gracias Vicente por tus amables palabras. Hay muchos misterios , leyendas y tradiciones en Calatayud, aguardando a ser descubiertos. Un saludo

  2. Da gusto leerte, me encanta conocer la historia de Calatayud, y no soy la única, que sepas que lo he dado a conocer a mis amigas y también les gusta a ellas

    Saludos

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